Hace tiempo que no pasa por aquí, y es que, aunque nos paguen poco, nos recorten mucho y estén poniendo la educación por los suelos, nos dejamos la piel en el trabajo.
Vamos, que una está vieja y cuando vuelve a hacer el período de adaptación se da cuenta de que los años no pasan sin dejar huella y que Infantil requiere mucha fortaleza, física y psíquica.
Cuando empieza el período de adaptación, un niño de tres años no entiende que su madre vendrá en tres horas. De hecho, su memoria no va más allá de tres minutos para la mayoría de las cosas, así que hacerle entender que el sentimiento de abandono no es real, es poco menos que imposible.
Pasas todo Septiembre para que se amolden, con un calor inhumano, a la idea de que han de pasar unas horas con nosotros, que no somos su mamá, pero les queremos también.
Cuando llega Octubre, y más los que se quedan al comedor (este año muuuuchos menos que los años anteriores), volvemos a empezar con llantos, vomitonas, meos y demás.
Sabes que se les pasará, pero darías lo que fuera por conseguir que no sufrieran, que se adaptaran ya al cole y que dejaran de llorar para volver a escuchar sus risas.
Creo que sin estar a gusto, no hay aprendizaje y en este período sólo deseo que empiecen a disfrutar de todo lo que le tenemos preparado, el proyecto anual, los temas a trabajar y todas las experiencias que tenemos preparadas para que salgan más sabios, más autónomos, y mejores personas.
Este curso está siendo especialmente triste, por arriba recortando de lo imprescindible, sin interinos para suplir bajas, con tutorías de ¡TRES AÑOS! por cubrir, sin recursos, sin reparar cosas básicas y por abajo intentando poner una pizarra digital en cada aula, y mejorar un poco respecto al año pasado, como hacemos siempre.
Pero por si esto fuera poco, vienen los intentos de nuestra querida consellera Mª José Catalá, vendiendo mejoras que son una pifia pedagógica, administrativa y humana en toda regla: el mal llamado Trilingüísmo.
Resulta que decide habilitar a los profesores con una oferta de formación que aún no está puesta en marcha, y en la que nos hemos apuntado tantos, que van a someternos a sorteo porque no hay plazas para todos.
Luego están los que se han pagado sus propias clases de inglés porque además de tener el título B2 para que no nos muevan de nuestro ya inestable puesto, nos preocupa aprender para no desgraciarle el oído a una generación entera de tiernos infantes.
Y luego está la figura de la becaria. Una persona que, por mil euros al mes cobrados de tres en tres meses tiene que trabajar en tres centros distintos a lo largo de la semana que no están ni en su misma ciudad, ni en la misma ciudad entre ellos, por lo que se ha de pagar piso y coche, como mínimo.
Con lo cual tienes niños que han tenido ya tres maestras en lo que llevamos de curso y de vez en cuando entra alguna otra hablándoles en inglés o su seño cambiándoles de idioma.
Vamos que no me extraña que lloren, de hecho, me dan ganas de unirme a sus llantos en muchas ocasiones.
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